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¿Puede el manicomio proteger?

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La historia de Amparo, entre manicomio y convento

Amparo es una mujer con sobrepeso, una dosis demasiado alta de medicamentos puede causarle muchos efectos secundarios. Le encanta leer biografías de santos, en particular la de María Goretti. Huérfana desde niña, crece con dos tías austeras que le enseñan el catecismo y la convierten en una asidua asistente a misa y devota. Siendo adolescente, Amparo decidió ingresar en el convento de clausura de las monjas clarisas, pero al cabo de sólo dos años la enviaron al manicomio con un diagnóstico tan escueto como elocuente para una aspirante a monja: “Delirio místico, contenido erótico“.

Había hecho muchas amistades con Dolores, que la ayudaba en su aseo personal y rezaba con ella. Cuando Dolores salió del manicomio, Amparo se sintió sola. Al mismo tiempo, la iglesia del hospital ha cerrado. Por eso pide salir, ella también quiere tener la oportunidad de llevar una vida fuera y quiere volver al único lugar que le es familiar: el convento de las clarisas. Los médicos llevan a Amparo a visitar a las monjas que la conocen desde su adolescencia, que la acogen con cariño.

Superada la burocracia inicial, Amparo es trasladada a una residencia de ancianos como paso intermedio antes de regresar al convento poco tiempo después. Las médicas la visitan cada semana, dejando pasar un poco más de tiempo entre visita y visita, hasta que vuelven al convento al cabo de un mes. Desgraciadamente, la monja que les recibe les informa de que la chica no se encuentra bien y no es posible visitarla.

manicomio Bètera CCC
Imagen de los antiguos muros del asilo de Bètera expuesta en el Centre Cultural del Carmen de Valencia

¿Por qué había mentido la monja?

Gracias a un compañero, los médicos descubren que Amparo está dentro del asilo de Jesús. ¿Por qué había mentido la monja? ¿Por qué no les habían avisado para que acabaran llevando a Amparo de vuelta a Bètera? Fue trasladada urgentemente por orden directa de la autoridad eclesiástica, llevada al pabellón de los “crónicos”, donde la ley prohibía nuevos internamientos. El diagnóstico: “delirio místico de contenido erótico”.

Mientras estudian con un abogado cómo manejar la situación, un colega médico consigue hablar con Amparo en el interior del manicomio de Jesús. La joven cuenta que había vuelto al convento, con la intención de confesarla, el mismo sacerdote que años antes la había obligado, en nombre de la ley divina, a realizar actos impuros y felaciones. Amparo se escapa a su habitación, confía sus temores a sus compañeras de comunidad que, asustadas, se lo cuentan todo a las monjas. El psiquiatra consigue sonsacarle esta información a Amparo, que ahora está agitada y desarrolla un síndrome neuroléptico maligno debido al aumento de la dosis de medicación.

El 40% de las mujeres ingresadas en manicomios no padecía ninguna enfermedad mental

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El abogado llega al manicomio de Jesús para comprobar la situación de Amparo, pero le comunican que ha regresado al convento tras una semana de reposo. Por ello, las doctoras vuelven al convento, pero la monja les informa de que Amparo estaba descansando en el huerto donde cuidaba sus cosechas y que no podía salir a recibirlas. Las mujeres, deseosas de verla, piden una reunión con la madre superiora, que tiene lugar en los días siguientes.

Las reciben en su despacho y han llevado consigo una grabadora. Explican que están preocupadas por la salud de una enferma a su cargo y que les gustaría tener información más clara. La monja les tranquiliza, les explica que la iglesia es generosa y paga una clínica privada cuya dirección indica. Las doctoras llegan a la clínica, donde les explican, sin embargo, que necesitan la autorización del psiquiatra de Amparo para poder visitarla. Mientras tanto, se enteran por un colega que tenía una paciente en la misma clínica de que Amparo llevaba una semana muerta por exceso de medicación y que su cuerpo había sido devuelto al convento de clausura. La monja no había mentido: Amparo descansaba en paz en el huerto.

El relato está tomado del testimonio de la psiquiatra María Huertas Zarco, jefa del departamento de salud mental de Valencia desde 1986 y entonces médico asociado del Hospital Psiquiátrico de Bètera. En su libro Nueve nombres, de Temporal Ediciones, la psiquiatra relata las vicisitudes de otras ocho mujeres que fueron trasladadas del Hospital Psiquiátrico de Jesús a Bètera. Según un estudio de los diagnósticos de las pacientes realizado por ella misma, señala que el 40% de las mujeres no tenía ninguna enfermedad mental. Las pacientes acababan en los manicomios por la discriminación de género, fruto también de la dictadura de la época. ¿Puede ser el manicomio un lugar donde encontrar protección? Hablo de esto aquí.

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