Scroll Top

La idea del primer manicomio de Europa nació hace 615 años

manicomio luogo protetto

¿Dónde podemos existir? Una reflexión sobre los lugares dentro las salas del museo del Ivam


Fue el 24 de febrero de 1409 cuando el padre Jofré pronunció el sermón que sembró la semilla para la construcción del primer manicomio de Europa, en Valencia. Me encuentro en el interior del Museo de Arte Moderno IVAM, durante el proyecto Poliglotía en el que participo, frente a mí están los 113 espejos del manicomio de Bètera, alojados dentro de la exposición Popular, es aquí donde me doy cuenta de que estamos cerca de ese 24 de febrero.

¿Cuántas personas se han buscado en estos espejos? ¿Cuántos se han acercado a ellos para encontrar algo familiar, para mirar la imagen de sus cuerpos, para confirmar que existen?

“¿Qué haces?”, me preguntó mi mujer al verme demorarme inusualmente frente al espejo.
“Nada”, le respondí, “miro aquí, dentro de mi nariz, en esta fosa nasal. Al presionar, siento un pequeño dolor”.
Mi mujer sonrió y me dijo: “Creía que mirabas hacia dónde cuelga”.
Me volví como un perro al que le hubieran pisado el rabo: “¿Me cuelga? ¿A mí? ¿De mi nariz?”.
Y mi mujer, plácidamente: “Pero sí, querido. Míralo bien: cuelga hacia la derecha”.

Así comienza Uno, ninguno y cien mil (1925), de Luigi Pirandello. La historia comienza con un hecho insignificante. El protagonista se encuentra frente al espejo y descubre un defecto: la nariz le cuelga hacia la derecha. Vitangelo nunca había reparado en este detalle, al que más tarde seguirán otros defectos señalados por su mujer, como sus cejas, el nacimiento del pelo de las orejas, su pierna derecha en oposición a la izquierda. Los defectos que surgen desencadenan en él una crisis de identidad; descubre que la imagen que los demás tienen de él es diferente de la que él tiene de sí mismo. Decide entonces cambiar de vida, se hace cargo de la empresa familiar, pero tras tomar algunas decisiones, su mujer y su familia quieren prohibirle la entrada acusándole de locura.

El manicomio como elección

Vitangelo dona todos sus bienes para construir y dirigir un manicomio en el que él mismo se retira a vivir. Afirma deliberadamente que ya no quiere ser nadie y llega a rechazar su propio nombre. De tanto intentar identificar su verdadero “yo”, el “uno”, su unicidad entre las “cien mil” proyecciones que los demás tienen de él, descubre en cambio que “no hay ninguno”.

La crisis de identidad es algo propio del ser humano, “¿Quién soy yo?” forma parte de las preguntas atávicas que todos nos hemos hecho al menos una vez en la vida. Ahora me gustaría preguntar: “¿Dónde estamos? ¿Dónde podemos expresarnos?”. Y al hacerlo, quisiera intentar contemplar el lugar del psiquiátrico desde otro punto de vista que no sea el de la alienación y el dolor.

Otro punto de vista

Me muevo por la exposición y dirijo mi atención a otra obra, Apocalyptique 2013, una fotografía de una habitación con escombros y una ventana desde la que se ve el mar y un barco. Al principio, mirar esa ventana llena de luz me da la idea de libertad, me habla de un mundo exterior que contrasta con la destrucción del interior. El barco podría llevarnos lejos, pero ¿adónde?

Volvamos por un momento a febrero de 1409, a partir de aquí las personas con enfermedades mentales podían recibir asistencia médica y tener un lugar donde vivir, pero ¿dónde estaban antes los “locos”? Cito una carta de 1400 de la corte de Valencia, como testimonio de la costumbre de la época: “foll e orat oer ço com ab sa follia o oradura fa molt damnatges, de què no pot o deu ésser per justícia punit, sia més en qualque nau o altre vexell marítim, qui aquell di En Joan se’n porte en parts lunyades”. Es decir: “el necio que por su locura o enfermedad hace mucho daño, por el cual no puede ni debe ser castigado por la justicia, que sea puesto en algún barco u otra nave marítima, el que se llama Eu Juan sea llevado a partes lejanas“.

El nave de los locos

Antes de la fundación del manicomio, los enfermos mentales no eran atendidos por los hospitales valencianos, parece que eran entregados a los marineros del puerto para ser llevados lejos de Valencia. Expulsados por mar recuerdan a La nave de los necios de Sebastián Brant, un barco cargado de locos y dementes a punto de naufragar que representa la deriva de una sociedad que se ha alejado de la Edad Media y busca un nuevo lugar donde expresarse. ¿No es esto lo que ocurre hoy con los procesos migratorios?

Pues aquí están, los “locos” de Valencia, están en ese barco que veíamos desde la ventana y que tanta esperanza nos daba. Nunca volverán. Intenta imaginarte por un momento dentro de la habitación de esta obra, con sus paredes derruidas y sus escombros, y luego vuelve a mirar ese barco a través de la ventana: ¿Quieres salir?

El manicomio como lugar protegido

El poeta Leopoldo María Panero, como el personaje de Pirandello Vitangelo Moscarda, eligió quedarse. Eligió vivir su vida entre los muros del manicomio. Homosexual durante el franquismo, desarrolla en la cárcel una forma precoz de esquizofrenia. En el manicomio encuentra un hogar donde, en contra de lo que cabría imaginar, puede preservar su identidad y seguir estudiando y escribiendo. Panero rechaza la etiqueta que la sociedad le puso en su momento: “homosexual perteneciente a una familia de mala fama”. En el manicomio, es fiel a su propia identidad: “I’m a man“, podríamos decir, como leemos en otra obra de la exposición.

Volvemos a los espejos vacíos del manicomio de Bètera. Estamos a mediados de los años 70, 12 mujeres son trasladadas aquí desde el hospital psiquiátrico de Jesús, entre ellas está Amparo. Su historia se cuenta en el libro Nueve nombres de la psiquiatra María Huertas Zarco, jefa del departamento de salud mental de Valencia desde 1986 y entonces médico adjunto en el hospital psiquiátrico de Bètera. Es la increíble historia de alguien que no encontró sitio fuera de los muros del manicomio, te la cuento aquí.

Supongamos que ahora trazamos una línea imaginaria en el suelo donde construimos los muros que indican la frontera entre el interior y el exterior, la locura o la normalidad. Entonces, vuelvo a la pregunta: ¿dónde podemos existir? Quizá en uno de estos lugares, quizá en ninguno, o quizá en cien mil.

Dejar un comentario

Privacy Preferences
When you visit our website, it may store information through your browser from specific services, usually in form of cookies. Here you can change your privacy preferences. Please note that blocking some types of cookies may impact your experience on our website and the services we offer.