Reflexiones desde el Congreso Media Ethics 2025 de Valencia
Del 25 al 27 de junio se celebró en Valencia la novena edición del Congreso Internacional de Ética de la Comunicación – Media Ethics 2025, organizado por la Universidad CEU Cardenal Herrera en el histórico Palacio de Colomina. Este evento, ya consolidado como referente en el panorama académico internacional, ofreció una plataforma interdisciplinar de diálogo entre investigadores, periodistas, activistas y profesionales de la comunicación para reflexionar sobre el vínculo crucial entre información, representación y bienestar psicológico.
El eje central de esta edición fue la relación entre comunicación y salud mental, un binomio tan urgente como aún subestimado en el debate público. Las distintas sesiones del congreso abordaron cuestiones de gran relevancia ética: desde la representación del suicidio y las adicciones en los medios hasta el impacto de la desinformación en los trastornos del espectro autista, pasando por el fenómeno de la gordofobia, la presión estética en los jóvenes, la ansiedad informativa y los riesgos de las tecnologías persuasivas. Se dedicó también un espacio amplio a las implicaciones legales del sharenting, al papel de las plataformas digitales en la economía de la atención, y al burnout entre profesionales de la información, subrayando cómo la ética comunicativa resulta hoy imprescindible también para proteger la salud mental de quienes trabajan en el ámbito informativo.
Asimismo, se evidenciaron los dilemas deontológicos asociados a la representación mediática de personas vulnerables y los desafíos que plantea la Inteligencia Artificial en el periodismo.
Mi intervención en el Congreso

En este marco tan rico y diverso, tuve el placer de participar como ponente en la mesa redonda sobre el diálogo en torno a la salud mental en las redes sociales, un espacio de encuentro con otros expertos para analizar críticamente las potencialidades y los límites de las plataformas digitales en la construcción de una cultura de salud mental más inclusiva y consciente.
En mi intervención, propuse una reflexión sobre el papel que juegan hoy las redes sociales en la construcción del discurso público sobre la salud mental. Las plataformas digitales, convertidas en nuevas polis comunicativas, son espacios donde se entrelazan narrativas personales y colectivas, pero también lugares donde la rapidez de la interacción puede vaciar las palabras de su significado y de su potencial ético. Hablar de salud mental en las redes sociales implica asumir una responsabilidad narrativa: cada palabra elegida —o evitada— puede contribuir a generar comprensión o, por el contrario, a reforzar el estigma.
Identifiqué tres grupos clave que pueden fomentar un diálogo más sano y respetuoso: las figuras expertas y con autoridad, las personas que comparten su experiencia en primera persona, y por último todos nosotros como ciudadanos y usuarios de la red. Para que las narrativas digitales generen un verdadero cambio cultural, es necesario que el diálogo trascienda la pantalla y se enraíce en los territorios y en las relaciones cotidianas. La salud mental es un bien común y, como tal, requiere un cuidado colectivo, alianzas entre profesionales, usuarios y comunidades. Educar en la palabra, especialmente en una época hiperconectada, es hoy uno de los actos más políticos y humanos que podemos realizar.
Mira aquí un extracto de la intervención
Mi intervención se enmarcó en una reflexión más amplia sobre la ética de la narración y la responsabilidad comunicativa en la era de los algoritmos, con especial atención a las dinámicas que regulan la visibilidad de los contenidos y el reconocimiento de las subjetividades frágiles.
Necesidad de una nueva ética en el periodismo
Un momento especialmente conmovedor fue el de la mesa redonda dedicada a la salud mental de los comunicadores en contextos de riesgo, que contó con la participación de periodistas en primera línea en zonas de guerra o inestabilidad política. Las voces de María Gómez (Nicaragua), Laura Ardila (Colombia) y Marc Marginedas (España) sacaron a la luz las consecuencias psicológicas, muchas veces invisibles pero profundamente arraigadas, del trabajo periodístico en zonas de conflicto: estrés postraumático, aislamiento, sensación de impotencia y dificultades para reintegrarse en la vida cotidiana. Sus testimonios ofrecieron una ventana al lado humano del oficio de informar, mostrando la urgencia de una reflexión colectiva sobre la ética del cuidado, también dentro de las redacciones y organizaciones periodísticas.
El Media Ethics 2025 no fue solo un espacio de profundización teórica, sino también un verdadero laboratorio de prácticas y visiones compartidas para promover una comunicación más justa, empática y respetuosa con la complejidad humana. Una ética del relato que sepa cuidar no solo los mensajes, sino también a las personas que los reciben y los viven.
















