Anagrama renuncia a la publicación de El odio de Luisgé Martín
En abril de 2025, la editorial española Anagrama anunció la decisión definitiva de no publicar El odio, la nueva novela del escritor Luisgé Martín. La obra, inspirada en un hecho de crónica negra real, se convirtió en pocos días en un caso editorial y cultural, generando profundos interrogantes sobre el papel de la literatura, el derecho a la libertad de expresión y el límite entre el respeto al dolor y la censura.
El hecho real
En octubre de 2011, en España, un hombre llamado José Bretón asesinó a sus dos hijos, Ruth y José, de seis y dos años respectivamente, para vengarse de su esposa tras la separación. El caso conmocionó profundamente a la opinión pública española y fue objeto de una amplia cobertura mediática. Bretón fue condenado a cadena perpetua y desde entonces está en prisión.
El caso editorial

Luisgé Martín, escritor con una larga trayectoria, escribió una novela titulada El odio inspirándose en este caso, intentando explorar la mente del asesino y reflexionar sobre el mal radical, la venganza y el odio.
Martín llegó a conocer a Bretón en la prisión de Herrera de La Mancha, intercambió con él numerosas cartas y llamadas telefónicas, una correspondencia que le permitió trazar su perfil, reconstruir el crimen y relatar la relación que se fue estableciendo entre ambos.
Sin embargo, antes incluso de que el libro saliera a la luz, Ruth Ortiz, madre de los niños asesinados, expresó públicamente su indignación y pidió a la editorial que frenara su publicación. Ortiz calificó la obra de «revictimización», considerando inaceptable que se diera voz, aunque fuera de forma narrativa, a quien se había hecho culpable de un crimen tan atroz.
La polémica
Tras la demanda presentada por Ruth Ortiz, respaldada por la fiscalía de menores, el Tribunal de Barcelona se pronunció a favor de la publicación de la obra. Sin embargo, muchas librerías españolas anunciaron que no pondrían el libro a la venta. En las redes sociales comenzó el debate: muchas personas se manifestaron en contra de la publicación y de la compra del libro, sin siquiera haberlo leído, y afirmaron que no volverían a leer nada de Anagrama. Los comentarios negativos derivaron en ataques de odio hacia el autor, que recibió numerosos insultos.
Después de semanas de polémica y a pesar de no existir impedimentos legales, Anagrama, que en un principio había defendido su derecho a publicar la obra, decidió no incluir El odio en su catálogo por motivos éticos, devolviendo los derechos al autor. Una decisión tomada con el objetivo de contener el daño de imagen provocado por la complejidad del caso editorial y por la gran polémica generada en las redes sociales.
Libertad de expresión y responsabilidad cultural
Esta decisión reavivó un debate antiguo: ¿es justo censurar una obra por respeto al dolor ajeno? ¿Y hasta qué punto el dolor de una víctima puede condicionar la libertad artística y el debate público?
La literatura y el periodismo no deben subordinarse al sufrimiento subjetivo, sino que deben afrontar incluso las verdades más incómodas para ayudar a la sociedad a comprender y, en el mejor de los casos, a no repetir los errores.
No publicar un texto por motivos morales implica, de hecho, atribuir una autoridad al dolor individual que puede convertirse en un precedente peligroso. La censura emocional puede convertirse en censura ideológica. Si cada vez que una víctima o un familiar pide silencio, la sociedad calla, se corre el riesgo de instrumentalizar el dolor para evitar discusiones incómodas.
Si permitimos que cualquier libro que explore la oscuridad humana pueda ser cuestionado por quienes se sientan ofendidos, corremos el riesgo de vaciar la literatura de su función más alta: la de interrogar lo inaceptable para poder comprenderlo.
La literatura no es crónica judicial; una novela (aunque basada en hechos reales) es un espacio de exploración ética, psicológica y social. El punto no es solo “recordar los hechos”, sino preguntarse qué significan hoy.
Por eso, conocer el mal es un acto de responsabilidad civil. Solo a través de la narración, incluso la más perturbadora, podemos entender cómo y por qué el mal toma forma. Negar espacio a este tipo de exploración es negar a la sociedad una herramienta potencial de conciencia.
¿Pero el asesino queda bien o mal? Se preguntan algunos.
Según las declaraciones del escritor, el libro “le quita la voz a Bretón, niega su explicación de los hechos, lo enfrenta a sus contradicciones (…), sirve para mostrar los laberintos de la infamia y la cobardía de un asesino”.
Incluso si la novela hubiese adoptado una forma de espectacularización o hubiera resultado perturbadora para ciertos lectores, habría sido más correcto dejar que la opinión pública se encargara de juzgarla. Porque solo en la transparencia se revela quiénes somos y cómo pensamos.
Prohibir un libro solo significa no saber quién lo habría compartido, quién lo habría defendido, quién lo habría criticado. Y esa ignorancia no nos hace más puros, solo más ciegos.
Linchamiento digital y presión pública en el caso editorial
Por supuesto, en relación con el tipo de contenido, Anagrama tiene todo el derecho de decidir si publica o no una obra en su catálogo, ya que al hacerlo legitima su difusión bajo su nombre. Evidentemente, no se trata de este caso editorial, ya que el paso atrás llegó únicamente tras la ferocidad desatada por el público en la red.
Uno de los aspectos más significativos de esta historia ha sido el linchamiento digital que ha sufrido el autor y la editorial. En las redes sociales se desató una campaña de boicot con el hashtag #boicotanagrama, acusando a la editorial de querer lucrarse con el dolor ajeno. Luisgé Martín denunció esta reacción como una forma de censura preventiva, afirmando que la decisión de retirar el libro sin que fuera leído refleja una tendencia preocupante hacia una sociedad prefascista.
Este episodio pone de manifiesto cómo la presión de la opinión pública, amplificada por las redes sociales, puede influir en decisiones editoriales, generando interrogantes sobre la libertad de expresión y sobre la capacidad de la sociedad de enfrentar temas incómodos a través del debate abierto en lugar de la censura.
Por eso, más que el libro, lo que inquieta es su ausencia de las estanterías.















