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Un psicólogo en Auschwitz

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A veces nos enfrentamos a noticias con grandes números, números que ni siquiera podemos imaginar, que no nos comunican nada. Que se refieran a cosas o a personas, da igual, siguen siendo una lista de cifras con las que nos cuesta empatizar. Es con una cifra con la que Vickor Frankl deseaba publicar su libro de testimonios “El hombre en busca de sentido. El psiquiatra, con gran objetividad, nos habla de los procesos psicológicos de los prisioneros del campo de concentración de Auschwitz.


Estamos en la Viena de los años 40, una ciudad que ejerce gran influencia en los círculos intelectuales de la época, donde Frankl comienza a hacerse un hueco entre los psiquiatras enfrentándose a las autoridades de la época: Freud y Adler. Fue nombrado director de neurología del Hospital Rorhschild, cuyos pacientes eran exclusivamente judíos. Entretanto, ya había comenzado la destrucción de sinagogas y la deportación de judíos en las calles, una situación que empeoraba inevitablemente y ante la que la familia del psiquiatra reaccionó huyendo de sus hermanos. Frank podría haber huido a Estados Unidos, aprovechando también nuevas oportunidades profesionales, pero decidió quedarse con sus ancianos padres. En cuanto expira su visado, la familia es deportada.

Llegada a Auschwitz

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Ph. Markus Schreiber

Frankl se convierte en el prisionero 119.104. El tren frena lo suficiente para leer Auschwitz. La madre no pasa el primer control, es enviada directamente a las cámaras de gas. Un oficial clasifica a la gente con sólo mover un dedo: derecha o izquierda. El padre muere tras una larga agonía. Su mujer es obligada a abortar antes de entrar en el campo y también muere. A Frankl le destruyen el manuscrito con la obra de su vida. Cada prisionero tiene que despojarse de todo, para luego ser completamente afeitado. Él mismo sufre la primera fase de shock a la que se enfrenta todo deportado.


Aquí comienza la historia que el psiquiatra dicta a tres secretarias por turno en sólo nueve días. Un libro en el que relata la experiencia del campo de concentración deteniéndose en las fases psicológicas de los prisioneros. Además de las posesiones, poco a poco los cuerpos se vacían de sentimientos, la apatía se apodera de ellos. Se crea una coraza defensiva necesaria para sobrevivir, para aferrarse a la esperanza de que esta nueva vida no era tan cruel. Nace la jerga de campamento, pero también un humor macabro, una reacción para aligerar en lo posible, la amenaza diaria de muerte que se veían obligados a soportar. No sólo eso, la humillación, el dolor del insulto.

El testimonio, el dolor

No juzgó necesario malgastar palabras, ni siquiera palabrotas, con aquel cuerpo andrajoso y demacrado, que no parecía una figura humana. En lugar de eso, se agachó alegremente, cogió una piedra y me la arrojó. Así se llama la atención de una animal doméstico para que vuelva a su trabajo, una criatura con la que se tiene tan poco en común que ni siquiera se le castiga. Aquella piedra me hirió más que los latigazos y los insultos soeces. Se quedó imborrable en mi corazón.

Si alguien fumaba, un mal presagio flotaba en el aire: significaba que había decidido morir. Nadie desperdiciaba un cigarrillo fumándolo en lugar de cambiarlo por comida. Frankl cuenta que, en la lucha por la supervivencia, a veces era necesario cambiar el número con el de otra persona en la lista para las cámaras de gas. Por eso, los pocos supervivientes están convencidos de que “los mejores no volvieron“. Entre las muchas imágenes impactantes que el autor nos deja entrever, aunque sin llegar a comprender del todo el horror de aquellos días, una me pareció muy significativa. Cada vez que moría una persona, uno a uno los prisioneros se acercaban al cadáver. Alguien cogía los restos de patatas del plato, otro sus zapatos, otro un trozo de cuerda. La escena se repetía cada día, casi como por teledirigido, anestesiados por tanto dolor.


El hombre en busca de sentido cuenta la historia real de personas que, en medio de tanta deshumanización, conservaron su humanidad, la solidaridad, la fuerza para seguir adelante. El autor nos hace el gran regalo de compartir, de dar testimonio de una página terrible de la historia a través del relato de su experiencia.

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