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¿Te imaginas una garduña que sepa leer y escribir?

faina

“Mis estúpidas intenciones”, de Bernardo Zannoni

Hacía tiempo que no leía un libro tan apasionante, de esos en los que una página te lleva a otra pero no quieres llegar al final antes del tiempo. Se trata de la novela “I miei stupidi intenti” (Mis estúpidas intenciones), de Bernardo Zannoni, publicada por la editorial Sellerio, que compré en la estupenda versión ilustrada por el hábil Lorenzo Mattotti. El protagonista es Archy, una garduña antropomorfa que narra en primera persona las vicisitudes del mundo animal contaminado por los pensamientos humanos. La ley de la naturaleza emerge sin piedad con una selección natural que no deja lugar al sentimentalismo. Ya el incipit deja claro que nos acercamos a una realidad que es nada sencilla: “Mi padre murió porque era un ladrón”.

Tras ser vendida al zorro Salomón, la garduña supera su pena dejándose llevar por el instinto: mata a su gallina favorita, Sara. La lucha entre la razón y el impulso irrefrenable de dominar a un ser situado más abajo en la cadena alimentaria se hace patente. “Haz como si no fueras un debil, por favor”, le piden. Pero Archy no es una garduña cualquiera y su encuentro con el zorro decreta el comienzo de su transformación.

Sobrevivir en el bosque entre el instinto y la razón

En la ley del bosque, a veces la supervivencia consiste en desaparecer lo más posible. Su hermana Cara, que fingía ser ciega, y su hermana Louise, que no podía contar las atenciones de su padrastro hacia ella, lo sabían. Archy también había sido su amante, porque en la naturaleza no existe el parentesco. Esos niños, de hecho, hacían que a su madre se le pusieran los ojos tristes y los consideraba sólo para tener que darles de comer.

La animalidad del protagonista, sin embargo, se diluye por la proximidad del zorro. “El terrible descubrimiento de la muerte me quitó el sueño y me aletargó, dejándome ahogado en una silenciosa desesperación“. A partir de aquí Archy ya no se siente un animal de verdad, su identidad se ve desafiada por dudas y preguntas. Empieza a ejercitar la razón, Salomón le introduce en el arte de escribir, le habla de Dios. Sólo muchas páginas después consigue recuperar un momento de felicidad, cuando los pensamientos se apagan: “El presente había vuelto a ser mi mundo por unos instantes, y fuera de él, la nada. Yo era un animal. Era feliz”.

Las peripecias de la garduña Archy

La historia se desarrolla de forma convincente, las aventuras se suceden con la entrada de muchos personajes, sin embargo, no estamos leyendo un cuento de hadas, somos testigos de la lucha por la supervivencia. En el mundo animal, el zorro reproduce mecanismos propios de los seres humanos. Salomón es un prestamista que quiere difundir la religión y dejar un libro con sus memorias. Otro elemento que podría calificarse de clave es el reloj. Un instrumento que mide un antes y un después en manos de animales cuyo único tiempo que conocen es el presente. Las leyes de la naturaleza adoptan formas distorsionadas, la influencia humana parece ser negativa.

“Solía tomármela con Dios, porque no podía hacer otra cosa. Quizá si no lo hubiera conocido no me habría quejado tanto, habría aceptado todo como venía, como un verdadero animal. Pero sabiendo de quién era el mundo, estaba obligado a tener un enemigo, era instintivo”.

Zannoni, a través de las vicisitudes de los personajes, parece susurrarnos que la religión, la razón, la ética, no siempre y sólo tienen una influencia positiva en los seres vivos. Existe una ley de la naturaleza que guía el mundo sin necesidad de Dios. Los animales viven sin cuestionarse nada, sus instintos aparentemente crueles mantienen un orden de la naturaleza que a veces es más sabio que muchas opciones ideológicas típicamente humanas.

Acompañan al relato las evocadoras imágenes del ilustrador Lorenzo Mattotti. Sesenta y seis láminas que nos permiten deambular por el bosque siguiendo a Archy, una garduña con la que es imposible no empatizar y a la que ya echo de menos.

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