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Mi nombre es Europa

Europa

El fenómeno de la migración en Europa

Europa

En un presente en el que la migración sigue ocupando un lugar central en el debate público europeo, preguntarse qué significa ser migrante implica también preguntarse por la Europa que estamos construyendo. Es desde esta perspectiva desde la que adquiere especial actualidad Mi nombre es Europa, de Gazmend Kapllani, publicado en Italia en 2026 por Del Vecchio Editore, con traducción de Klediana Zilja.

«Probablemente el racismo sea como la comida en mal estado que envenena el organismo. Quien la ha comido suele vomitarla sobre los demás, sobre los diferentes y siempre sobre los más débiles. Y al vomitarla dirá: “Nosotros éramos diferentes. Nosotros éramos inmigrantes buenos”. Para evitar que esto ocurra, tienes que trabajar muy duro con tu memoria y contigo mismo.»

La novela de Gazmend Kapllani

La novela Mi nombre es Europa se desarrolla a través del entrelazamiento de múltiples voces que forman un coro en torno a la historia principal. El protagonista, un emigrante albanés, relata su propia experiencia moviéndose entre diferentes planos temporales: el futuro de Tirana y los recuerdos de sus años universitarios en Atenas. A la historia personal se suman testimonios procedentes de lugares y trayectorias diferentes, en una continua alternancia entre ficción narrativa, memoria y relato de la experiencia migratoria.

Mientras que en la crónica la migración se aborda continuamente como un problema que hay que gestionar, contener o regular, las experiencias individuales sustraen al migrante de la representación uniforme con la que el discurso público lo presenta con frecuencia, a menudo reducido a una cifra.

Europa una historia de amor

En el centro de la historia se encuentra Europa, la joven griega con la que el protagonista mantiene una relación: un nombre que inevitablemente trasciende la dimensión individual y transforma esa relación en una posible metáfora del vínculo, complejo y contradictorio, entre el migrante y el continente en el que intenta construirse una nueva vida.

La frontera en la novela no coincide únicamente con una línea geográfica: existen fronteras lingüísticas, culturales y sociales que siguen manifestándose mucho tiempo después de la llegada. Ser migrante significa entonces enfrentarse a un espacio intermedio: el que existe entre lo que se era antes de partir y aquello en lo que uno se convierte en el nuevo país.

Mi nombre es Europa plantea, sobre todo, una pregunta que interpela directamente al presente: ¿cuándo deja un extranjero de serlo? ¿Después de cuántos años, cuántas palabras aprendidas, cuántas relaciones construidas, puede una persona considerar como propio el lugar en el que vive?

Desde este punto de vista, la lengua adquiere una importancia particular. Aprender una nueva significa entrar en un sistema de significados, reglas implícitas y códigos sociales que inicialmente pertenecen a los demás: «Me enamoré de la lengua de muchos de aquellos que despreciaban mis orígenes y mi lengua materna«, comenta el protagonista.

La precariedad jurídica

El aprendizaje de una nueva cultura es una necesidad que emerge con fuerza entre las historias de los migrantes. El autor pone de relieve, de hecho, la voluntad de comprender todo lo posible del país de llegada para poder echar nuevas raíces, construir un nuevo sentido de pertenencia a una comunidad en la que redescubrirse, porque «la verdadera patria es aquella que te permite demostrar cuánto vales«, como dice Gwen, de Vietnam.

Sin embargo, la precariedad jurídica puede transformar repentinamente a una persona integrada en la sociedad en una persona «irregular». Es lo que le ocurrió a Katerina, nacida en Atenas, griega de segunda generación: al alcanzar la mayoría de edad, le exigen el pasaporte de Ghana —país en el que, por otra parte, nunca ha estado— para obtener el permiso de residencia. En Ghana solo expiden el pasaporte a quienes han nacido en el país y, además, si viajara allí, no tendría los documentos necesarios para regresar.

Uno de los aspectos que emerge con fuerza en la novela es, de hecho, la dificultad burocrática para obtener y conservar los documentos, único salvoconducto para trabajar, tener una vivienda y ser reconocido por el Estado.

«Si no me renuevan los documentos perderé el trabajo, la casa, volveré a ser un don nadie… No quiero volver atrás… ¿Adónde voy? Ya no pertenezco a ningún lugar…».
Son las palabras de Abaz, afgano en Grecia.

Kapllani conoce personalmente la condición de migrante. Nacido en Albania, en 1991 cruzó a pie la frontera con Grecia durante la fase de disolución del régimen comunista. La migración es un tema central en su producción literaria y se convierte en un instrumento para indagar en conceptos como patria, identidad, lengua, pertenencia y frontera. «El migrante es una metáfora de los tiempos en que vivimos», ha afirmado el propio escritor al hablar de su obra. Una definición que permite comprender también por qué Mi nombre es Europa, escrito originalmente hace ya varios años, llega hoy al lector con una fuerza particular.

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