Una lectura alegórica entre lenguaje, poder y resistencia
“Entre las más salvajes soledades de los Andes”, escribe H.G. Wells, se extiende un valle inaccesible, preservado del mundo y de la historia. Allí se encuentra el país de los ciegos, un lugar imaginario y, sin embargo, paradójicamente familiar: una sociedad que ha construido su coherencia interna sobre la ausencia de la vista y que, por ello, ha expulsado de su horizonte toda posibilidad de desviación sensorial y conceptual.
El país de los ciegos, publicado por Acantilado y traducido por Javier Calvo, es uno de los relatos más emblemáticos de la producción de Wells. De apenas unas páginas, encarna una parábola sobre la desviación, la normatividad y la violencia epistémica ejercida por el grupo sobre quien se aparta de él. En esta micro-sociedad, la experiencia sensible de Núñez —único vidente entre ciegos— no solo es incomprensible: se considera patológica. La vista, de facultad, se convierte en trastorno. Como ocurre en todo sistema cerrado, lo que no puede nombrarse se borra, y lo que no puede explicarse según la lógica dominante se reduce a error.
Si no hay una palabra para decirlo, entonces no existe
Wells trabaja aquí de forma sutil con el lenguaje. La sociedad de los ciegos no posee palabras para designar la luz, el color, la mirada. Su mundo está construido en torno a la escucha, el instinto táctil, la medición del espacio en función de la supervivencia. El lenguaje, como ya intuyeron los pensadores modernos desde Wittgenstein hasta Foucault, no es una simple herramienta descriptiva, sino estructura profunda de la realidad. Si falta la palabra, falta la cosa.
Cuando Núñez intenta explicar el mundo del que proviene, “ellos no creyeron ni comprendieron en absoluto lo que decía, contrariamente a sus expectativas; y ni siquiera muchas de sus palabras.”

En el momento en que Núñez trata de compartir su experiencia visual, se topa con una forma de rechazo ontológico. No es tanto que no le crean —es que su experiencia es inconcebible. Esta es la fuerza más inquietante del relato: la negación de la realidad a través del poder del consenso. El vidente se convierte, como en las sociedades integristas, en un hereje, un cuerpo que hay que corregir. Es él quien debe aprender a moverse dentro de un nuevo sistema simbólico, a interpretar la entonación de la voz más que las expresiones del rostro.
No es casualidad que el clímax narrativo coincida con la propuesta de amputación. Para poder ser aceptado por la comunidad y casarse con la mujer que ama, a Núñez se le exige “convertirse” al nuevo orden, renunciando a la vista. El paralelismo con las prácticas religiosas más radicales es evidente: el deseo no basta, se requiere abjuración. El amor está subordinado a la adhesión a una norma absoluta. En esta exigencia se lee la dinámica de todo poder coercitivo: la identidad no se concede de por sí, se otorga bajo la condición de la renuncia.
El “País de los ciegos” en la contemporaneidad
El significado alegórico de El país de los ciegos se presta a múltiples lecturas. Algunas de ellas resultan hoy de extraordinaria actualidad. En nuestra contemporaneidad algorítmica, donde la homogeneidad está garantizada por la repetición de contenidos y la neutralización del disenso, el relato de Wells adquiere los rasgos de un diagnóstico anticipado. Las plataformas sociales —microcosmos cerrados donde lo diferente a menudo se ignora o ridiculiza— son quizás los nuevos valles de los ciegos. Quien “ve” algo que no está previsto por el sistema —quien propone una mirada crítica, una narrativa alternativa— suele ser silenciado o expulsado.
Durante la pandemia, incluso figuras académicamente reconocidas, como el Nobel Luc Montagnier, fueron marginadas del debate por haber expresado posturas controvertidas. Y no hace falta remitirse al presente para captar esta dinámica. Galileo, obligado a abjurar, es el primer Núñez histórico: vio lo que otros no podían o no querían ver. Y como él, muchos activistas de derechos civiles, hoy celebrados, fueron inicialmente ignorados, perseguidos, anulados. El ojo que ve primero —o que ve distinto— siempre resulta perturbador.
Ver como acto revolucionario
Pero si hay una línea de pensamiento que recorre el relato de Wells, es aquella que asocia la vista con una forma de conciencia. En Platón, la caverna es el lugar de la ilusión compartida: solo quien asciende a la luz puede conocer, pero su saber no es creído. En los textos bíblicos, los profetas son videntes; en el budismo, el tercer ojo simboliza la visión interior. Ver nunca es solo un acto fisiológico: es una ruptura, una revelación, una responsabilidad.
En este sentido, El país de los ciegos es también una reflexión sobre el precio de la lucidez. Sobre el conflicto entre integración y verdad. Y, quizás, sobre la soledad inevitable de quien elige seguir viendo, incluso cuando el mundo le pide cerrar los ojos.
De hecho, Wells parece querer devolver al lector la pregunta: ¿es posible seguir siendo vidente en un mundo ciego? ¿O es inevitable ceder, apagar la mirada, sobrevivir en la ceguera compartida protegida por la deslegitimación sistemática del disenso?

