
Editado por Terrarossa Edizioni, Inventario di quel che resta dopo che la foresta brucia (Inventario de lo que queda después de que el bosque arde ) de Michele Ruol ha ganado el Premio Giuseppe Berto (XXXI edición), el Premio Fundación Megamark (IX edición) y está candidato a la LXXIX edición del Premio Strega. Una novela construida a base de instantáneas, donde son los objetos los que nos guían, devolviéndonos los momentos íntimos de una familia como tantas otras.
Padre, Madre, Mayor y Menor son los protagonistas de una tragedia familiar. El lector tiene la sensación de espiar sus vidas hojeando un álbum imaginario compuesto por 99 objetos, cada uno guardián de un fragmento de historia.
Lo que impregna la novela es un profundo sentido de abandono: en todas partes se esconde una parte de vida muda —en la mesita plegable de camping, en el paño de cocina a cuadros blancos y azules, en la silla ergonómica con ruedas, en el bozal. Pero también en la casa que Ruol nos muestra saltando hacia adelante en el tiempo: el dormitorio invadido por ramas de madera brillante, el salón lleno de tierra y hojas que dibujan “sobre mármol y alfombras un otoño doméstico”.
“No desapareceremos sin dejar rastro. E incluso cuando desaparezcamos quedarán nuestras cosas, barricadas polvorientas”, escribe Marcin Wicha en su libro Cosas de mi madre (Baltica editorial).
Ruol, como Wicha, abre las puertas de todas las habitaciones y las transforma en un cofre lleno de vidas posibles, donde cada uno recorre la suya, encontrándose solo de vez en cuando.
Ruol construye un mapa a través de los objetos
“Si hubiera podido, habría pasado el tiempo que le quedaba reviviendo siempre los mismos años, en bucle, como una película que da placer volver a ver precisamente porque te la sabes de memoria.”
Madre querría matricularse en la universidad, pero hay que cuidar de los niños y estudiar resulta difícil. Padre es el gran ausente, siempre en la oficina, una figura secundaria que interviene solo cuando la situación no es demasiado complicada. En este sentido, las dos figuras parentales resultan algo estereotipadas, pero al mismo tiempo emerge otro gran tema del libro: la incomunicación dentro de la familia.
Por eso, cuando Madre encuentra trabajo como agente inmobiliaria, Padre lo vive como “una afrenta, una falta de confianza hacia él”. Madre se enfada cuando Menor no vuelve a casa para almorzar: se ha quedado con su novia en un momento delicado, pero Madre no lo sabe. No sabe que Padre no va a la oficina para desahogar su dolor hacia un álamo, porque cada uno vive la pérdida a su manera, interiormente, convirtiéndose él también en un objeto, testigo silencioso de la historia familiar.
Mayor y Menor se han quedado atrapados para siempre en su mundo adolescente, regañados porque “andaban sin zapatillas, porque no terminaban la comida, porque discutían”. Se han quedado en ese mundo paralelo tan típico de su edad, al que Padre y Madre solo pueden acceder a ratos, sin llegar nunca a comprender del todo su significado.
Están inmóviles dentro del marco plateado de 15×22 cm sobre la mesita de la entrada, donde todo está cubierto por una capa espesa de polvo. Es el tiempo que pasa y que nos vuelve irreconocibles, anulados, perdidos en los recuerdos, cuando para salvarnos solo queda un último encantamiento que “hace caer el sueño sobre todo el castillo”.

