Escrito en 1977 y reeditado este año por El Doctor Sax Beat&Books, L’alfabeto e i giorni (El alfabeto y los días) es el relato del pedagogo Gianni Milano sobre el año escolar de una clase de quinto de primaria en Ciriè. Conocido también como “el maestro melenudo”, fundador del Movimiento de Cooperación Educativa, Milano proponía una enseñanza centrada en la exploración y el descubrimiento.
El maestro con el gorro rojo —una figura ya mítica en la somnolienta periferia de Turín de los años setenta— no respeta las normas, no ama los pupitres alineados, no soporta la educación entendida como adiestramiento. Prefiere salir, respirar, ensuciarse. A lomos de su bicicleta, opta por una educación on the road.
El cuaderno de bitácora de un profesor de primaria

Milano se distancia del rol autoritario del adulto y desenmascara sus hipocresías con un sarcasmo afilado. “El imperialismo cultural de los adultos se sienta, con su enorme culo, sobre la cabeza de los niños, casi hasta asfixiarlos”, escribe sin rodeos. La escuela, tal y como se concibe habitualmente, no es otra cosa que “un titiritero. Tira de los hilos, los suelta, reanuda la acción, castiga, reforma un poco… pero siempre se queda allí, sin moverse”. Así que, más vale huir. Pero no en solitario.
La huida de Milano es hacia adelante, una utopía que se realiza abandonando la tarima y pedaleando en grupo, priorizando el camino compartido frente a la lección magistral, la curiosidad en lugar de la disciplina. Los niños se convierten en clan, tribu, pueblo. Las aulas se transforman en “campos base” desde los que partir hacia exploraciones cotidianas. Las paredes no son barreras, sino “puentes”. La escuela es un “trans-tiempo exprés” que corre en paralelo a la vida, y no por encima de ella. El maestro es cómplice, aliado, amigo. Alguien que «está del lado de los niños», no por retórica, sino por una elección política y poética.
Un alfabeto para potenciar la libertad expresiva
“¿Pero dónde está el maestro? ¡Menos mal que no se le reconoce! ¡Menos mal que se confunde con los niños, con el otoño, con los prados… […] Aquel del gorro de lana rojo nació entre los prados y por los prados corrían su madre y su abuelo y él, con su hermanito de un año, cuando caían las bombas, porque ‘¡a ellos qué les importan los viñedos o los prados! Ellos quieren alcanzar las vías del tren y las fábricas y…’”


Milano no enseña: acompaña. No juzga: escucha. No exige respuestas: siembra preguntas. Escribe que «vale más una hora de recreo que una semana de aritmética y educación cívica», porque solo en el tiempo “de fuera” se aprende a vivir de verdad. «No se paga entrada para entrar en contacto con un prado», nos recuerda, y así la escuela se convierte en camino, respiro, juego, descubrimiento.
Gianni Milano nos entrega una obra que es al mismo tiempo memoria, panfleto pedagógico, canto colectivo y burla a la escuela tradicional. Un texto escrito “con las ganas en las piernas y una voracidad maleducada, como la de las ranas”.
“Un maestro no debería ir en bicicleta a la escuela: ¡no es serio! Un maestro no debería llevar un gorro de lana rojo: ¡no es digno! Un maestro no debería tener bigote, barba, el pelo largo: ¡distrae del estudio!”. Y sin embargo, es precisamente él quien devuelve a la escuela su sentido más profundo: un lugar donde aprender a vivir, no solo a obedecer. “El maestro viene de tierras lejanas, de tierras donde la gente creía en la ‘humanidad futura’, de tierras donde la esperanza se resiste a morir.”
Un libro para alumnos y profesores

“Un maestro no debería ir en bicicleta a la escuela: ¡no es serio! Un maestro no debería llevar un gorro de lana rojo: ¡no es digno! Un maestro no debería tener bigote, barba, el pelo largo: ¡distrae del estudio!”. Y sin embargo, es precisamente él quien devuelve a la escuela su sentido más profundo: un lugar donde aprender a vivir, no solo a obedecer. “El maestro viene de tierras lejanas, de tierras donde la gente creía en la ‘humanidad futura’, de tierras donde la esperanza se resiste a morir.”
La fuerza del libro reside justamente en esta tensión entre el sueño y la realidad, entre el deseo y el obstáculo, entre la imaginación y la burocracia. El alfabeto y los días es, por tanto, una obra que habla a quienes enseñan, pero también a quienes han olvidado lo que fue ser niño: “Ellos lo intentan, intentan hacerse oír. Ellos lo intentan. Ellos.”
Es una invitación a rechazar el aburrimiento como destino, la disciplina como jaula, la infancia como espera pasiva de la adultez. Es una crónica poética e irreverente, tierna y furiosa, que nos recuerda cómo “la escuela es tan larga y la vida tan breve”. Y nos enseña, sobre todo, que se puede aprender el mundo. “¡Mejor juntos que enfrentados! ¡Mejor juntos que nada, y el mundo se construirá con el material que haya, con lo que quede, cuando la nieve se derrita, al borde del camino.”
















